El adiós
Habíamos pasado la última tarde sobre rodeos antiguos, callados cada cuanto, sumergiéndonos en los reflejos de la empañada ventana mojada por cientos de diminutas gotas. Ella y sus recuerdos, la alegría que tuvo al verse descubierta feliz y dichosa. Yo, la pena de contemplarla así por primera vez.
Antes caminamos sumidos en el pensamiento de un hermano, de un compañero de batallas incesantes y aún continuas. La vida es dura, la vida es una mierda le oímos decir alguna vez. La vida no era dura, sólo era vida al fin, pero no nos importaba. Y en ese recuerdo laxo, nos adormilamos ya sentados en el asiento de un bus vaporoso, dijimos su nombre y desviamos la conversación por el sendero de las apreciaciones y la novedad creciente en nuestros días de estudio. Me dijo sentirse cansada. La vi suspirar con desgano. Hacía frío de veras, Lima vestida de invierno.
Al volver a tomar otro bus para llegar a casa notamos avanzada la noche, las pistas mojadas y todos los vehículos salpicados por una amarronada viscosidad terrosa, sucios como calles y gentes. Bajo el puente, los transeúntes no podía distinguirse nítidamente, la lluvia los cubría con su fino y delgado velo transparente; y el frío.
Qué de los ojos bajo la lluvia, si no hay alegría en la mirada.
Ya cerca de casa, contome que un dolor insistente laceraba su cuerpo. Entristecido callé y no supe aparentar. Después de aquella confesión no pude recordar todo lo que habíamos hablado durante el transcurso del viaje y nada más divagué insidioso en el pensamiento de su vida. Comprendí al fin sus tristezas, supe que debería ser al menos un apoyo tutelar y amigable para con sus quehaceres o aunque sea para su voz.
En ello, descendió del bus, la miré emprender los pasos hacia su casa. Me quedé con todas sus penas, intenté consolarla en mi memoria, pero solo una fina insinuación de lágrima ahogó mi mirada y me perdí en la vaguedad del instante. Sería la primera vez en comprenderla y la última en tenerla.
Es el adiós, lo sé. Hoy comienza la contrapartida de mi vida. Quizá no la vuelva a ver, quizá ni la recuerde. Pero al fin quedará grabada en un día del tiempo, la primera vez que se vio y viéronla alegre, hasta feliz me atrevería a decir. Mañana emprendería el viaje.
…Hoy recuerdo nuevamente: sentado y con una taza de café contemplo el frío, la sensación mortuoria de aquella tarde, la insipiente llovizna limeña. Yo divorciado y mi amiga sin mí. Son estos los años del frío, los del fin cercano.
martes, 22 de julio de 2008
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