No habíamos podido apartar las miradas de los cristales
cuando disminuyó la oscuridad de la mañana,
el sol cayó luminoso sobre nuestros cuerpos,
no habíamos dejado de mirar los cristales
nunca lo habíamos hecho aún;
y el sol invadía amarillo todo,
en mis ojos divisé su reflejo escarchado,
trató de reconocerme, pero la luz de su mirada
opacó la tenue intensidad de mi reflejo;
bajo la larga desordenada hilera de sus cabellos
descansaba casi oculto su rostro,
lo recordaba tantas veces desde hacia tres años,
pero esa mañana ella era la de siempre,
había querido su reflejo en todas partes,
había pintado de huellas sus manos,
nos habíamos cruzado entre la neblina.
Aquella mañana, ella descubrió mi reflejo
como lo hice en abril,
mientras otoño se aromaba en cielo y la lluvia,
los mismos cristales, pero hoy el sol,
sus propios ojos, pero ahora ya la mirada.
Permanecía yo en el reflejo,
ella apartaba la mirada de los cristales,
adelante estás seguro, parecía decirme,
adelante, en la ausencia,
lejos, silenciado.
Y el del reflejo no soy yo, es ella
quien se ha visto ver por mí
hace años, en el mismo cristal,
con el mismo sol, donde yo no había podido
apartar la mirada, pero ella dejó fluir la luz.
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