La forma del pensar en do menor:
He descubierto mi primer odio. Lo hice oyendo una canción. Había acabado de peinarme a tientas para poder verme en el espejo y dar algunos retoques a mi casaca de algodón. Y no pude contener el espanto al recordar que jamás me había peinado del modo en que me descubrí en los cristales reflejos. Mi rostro demacrado se parecía a los de todos, todos quienes llevan la sinceridad de la mentira tan puesta como el mismo rostro, imborrable ni con lágrimas. Mi vida proyectada en aquel espejo era el comienzo de la nota triste en una voz desnuda que recordaba las antiguas caídas de agua en mi inocencia. La hipocresía de los ingratos parecía desbordarse en mi boca llena de laceraciones. Y las manos las tenía empapas en la más horrenda licuefacción de hedores hediondos y restos nauseabundos.
Era como todos. La ingrata humanidad de los siglos me transformó sin siquiera percibirlo. Jamás oí el reloj de las seis de la mañana. No encontré la limpidez de unos ojos negros que incendian la vida en alegrías. Nunca las manos de quien se porta mal contra las tardes de sol. Ni la maldición del ave que vuelve volando al inicio de su continuo peregrinaje, por cortarle las ramas, por arrancarle las alas.
Habíame paseado en los supermercados viendo los reflejos de mi cuerpo perderse en la silueta plateada de un mostrador de metal pulido. Mordido el pan ajeno de cada día, injuriado a mi hermano por algún juego de los tiempos. En casa mi voz era la más grisácea. A veces extrañaba a mamá y a veces al mar de los sepultados, la ola donde se pasea la inmundicia de la gente, espumosa. La tierra de los campos serranos donde quiero que me entierren desnudo y sin misas. El aire de los condenados a moverse rapazmente y sin ángeles de esperanza.
Mi maldita vida de plástico se peinó con aquella nota mortal y creí experimentar la metapsicosis inversa de la condenación al mundo y sus bajezas, execrando cada límite de mi cuerpo, tan espantoso como una iglesia de pecadores y un cura de dolor fingido; tan sucio y despreciable como aquel idiota indiferente que se sienta a la derecha de la ciencia y ruega mi perdón de voz. Dios no debería rendirse ante mí. Otro mortal con espada, otro nuclear insensato que muerde la piel del leproso agonizante y ensangrentado. Balas y urra, conciencias y lastre demagógico en las palabras del expreso. Otro café para mi mesa, otro poco de paz regurgitada de los vientres inocentes que demuelo a besos. Mi expresiva cintura zarandeando la ramera finisecular que fui y seré por condenación y regocijo mío.
Cuado me enseñen a respetar y responder con aciertos de bien, musitaré cualquier vaga ocurrencia y trataré de traerme a quien me opone a las oportunidades de mis atributos tiernos. Sabré como trepidar las posturas de mis adversarios y si experimento resistencia no hay mejor arma que mi vicio tumoral: el mal. All time.
Y quién querrá soñar, si soñar es idiota, si verse al espejo como yo lo hago es sólo para verse perfecto ante los que inquinan que tienes la media derecha agujereada o que no te bañaste y por ello mantienes el mismo cuerpo humano oloroso de siempre y por cortes de agua en la naturaleza. Y pensar que mi zapatilla de porcelana fyna, desdoblada y grumosa, sufrida por los años y el continuo desgaste fue más comentada que mi sinceridad frente a un desayuno magro de agua con azúcar que comparto con los habitantes del cerro.
Y otra vez la injusticia de mi pasajero homo echo. Maldito el que maldice (ya no pudo contar con mis maldiciones y ni conmigo).
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1 comentario:
“Habíame paseado en los supermercados”
Eres una consecución, una circunstancia y un resultado, tratas de ocultar la frase TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR en modernismos, percibo algo de ansias en ti, un deseo que tú reprimes y sientes que te lo reprimen, algo como un tengo miedos y quiero ser feliz, escondido en tu casaca de algodón.
Empezaste hablando de tu tez, pero cuando empezamos a fijarnos en ti, inmediatamente la pasaste a la humanidad, y si no nos diéramos cuenta quizá pasaba desapercibido, pero es lo que yo veo…
“A veces extrañaba a mamá y a veces al mar de los sepultados, la ola donde se pasea la inmundicia de la gente, espumosa”
Me reafirmo. :D
Y es que quizá estoy siendo muy superficial, quizá tenga que leerte mucho, mucho más, pero es lo que percibo al tratar de respirar ese “hedor hediondo” (sin sarcasmo).
Ojo, he visto a muchos románticos negros como tú abdicar al entrar en la adultez. Suerte y fuerza, mientras el punto de vista indique una ligera mejora, no existe pensamiento equivocado.
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